En 2020, la fundación internacional One World Play Project envió a México 15 mil 617 balones de futbol imponchables valuados en 600 mil pesos, destinados a niños de comunidades de escasos recursos. Los tres contenedores con el cargamento llegaron al puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán, y desde entonces nadie sabe dónde están. Cinco años después, el responsable de la fundación en América Latina se rindió: acusa que intentó rastrearlos pero topó con un esquema de corrupción, pago de mordidas y mentiras de funcionarios, y que no ha presentado denuncia penal porque recibió amenazas de muerte y teme la participación del crimen organizado. México es el único país de los 185 donde opera la fundación en el que ha desaparecido un cargamento completo.

Tendencias · 6 de junio de 2026


Un balón que no se poncha y una donación que se esfumó

Los balones imponchables de One World Play Project no son un artículo ordinario. Fueron creados en 2006 por Tim Jahnigen, compositor y productor de conciertos, con el respaldo del músico Sting, después de que Jahnigen vio en televisión a niños refugiados en Darfur jugando futbol con bolsas de plástico atadas. El material con el que están fabricados es similar al de las sandalias deportivas tipo Crocs: resistente, flexible y capaz de soportar condiciones extremas sin desinflarse. Su precio en el mercado va desde 18 dólares hasta 80 euros en Europa. La iniciativa ha distribuido más de dos millones de balones en 185 países y ha contado con el respaldo público de figuras como el papa Francisco, el cantante Bono, Shakira y el expresidente estadounidense Barack Obama.

En 2020, Salvador de Anda, vicepresidente de la fundación para África y América Latina, coordinó el envío de 15 mil 617 de estos balones a México. El cargamento, distribuido en tres contenedores, tenía como destino organizaciones dedicadas al deporte como Reddes y el programa Juega Vive de la ONU, así como gobiernos locales entre los que se encontraba el de Querétaro. El valor total del donativo era de aproximadamente 600 mil pesos, más 60 mil pesos en costos de transportación.


El laberinto burocrático y el primer muro

Los contenedores llegaron al puerto de Lázaro Cárdenas. Ahí comenzó el problema. La Secretaría de Hacienda y Crédito Público determinó que los balones no podían ingresar al país porque no cumplían con los requisitos para ser clasificados como donativo. La fundación y la organización distribuidora MAJOCCA comenzaron a gestionar la liberación del cargamento, pero los trámites se extendieron por meses sin resolución. Agustín Sánchez, representante aduanal de la fundación, describió la situación: el SAT no era capaz de indicar a su agente dónde se encontraban los contenedores; el sistema de la naviera los ubicaba en Lázaro Cárdenas, pero ninguna autoridad podía confirmar su paradero preciso.

Lo que vino después, según el relato de Sánchez y De Anda, fue un circuito de corrupción: funcionarios solicitaron dinero para agilizar trámites. Los pagos se realizaron. Los balones no aparecieron. Cuando la fundación buscó información sobre el cargamento en distintas dependencias, las respuestas fueron la negativa o el desconocimiento. El Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado (Indep), la Agencia Nacional de Aduanas, la administración del puerto de Lázaro Cárdenas y la Secretaría de la Defensa Nacional negaron tener información sobre la importación, el transporte o el almacenamiento de los contenedores. La naviera que los trasladó recuperó los contenedores vacíos al inicio del sexenio actual.


Amenazas de muerte y la decisión de no denunciar

Salvador de Anda explicó a Milenio, en entrevista realizada en Ciudad Juárez, que durante la investigación recibió amenazas de muerte. Esa es la razón por la que decidió no presentar una denuncia penal formal en México: teme que el crimen organizado esté involucrado en la desaparición del cargamento. Cinco años después del envío, De Anda admitió que da por perdidos los balones y que ninguna autoridad pudo dar una explicación sobre lo que ocurrió con ellos.

El caso tiene una particularidad que lo hace aún más llamativo: en los otros 184 países donde One World Play Project ha operado, ningún cargamento completo ha desaparecido. México es la excepción única en más de dos décadas de trabajo de la fundación a nivel global.


La ironía mundialista

La historia resurge en la semana de arranque del Mundial de Futbol 2026, que México coorganiza junto a Estados Unidos y Canadá. Mientras el país se prepara para recibir a millones de aficionados de todo el mundo bajo el discurso del futbol como herramienta de integración social, la desaparición de 15 mil balones destinados a niños de comunidades vulnerables permanece sin explicación ni responsables. Los balones que nunca llegaron habían sido promovidos globalmente como símbolo de inclusión y acceso al deporte para los más necesitados.


Fuentes: Milenio; López-Dóriga Digital; Zócalo; Tribuna; Diario Presente; Los Noticieristas.