En municipios de muy alta marginación de la sierra sur de Oaxaca —Pluma Hidalgo, San Mateo Piñas, San Agustín Loxicha, Candelaria Loxicha, Santa María Huatulco y Santa María Yucuhiti— un número creciente de mujeres ha transformado la cadena productiva del café: de vender el grano a granel, como lo hicieron sus abuelos, a crear sus propias marcas, obtener puntajes de especialidad, ganar concursos de calidad y abastecer cafeterías. Lo hacen desde territorios con caminos deteriorados, en medio del cambio climático y asumiendo la doble carga del trabajo productivo y el cuidado del hogar. El encuentro Tejiendo alianzas por el café, realizado recientemente en la ciudad de Oaxaca, reunió a estas productoras para visibilizar tanto sus logros como los obstáculos estructurales que aún enfrentan.

Regiones de Oaxaca 28 de junio de 2026


Isela Aguilar: darle valor a lo que los abuelos vendían en grano

Hace cinco años, Isela Aguilar Monjaraz tenía 30 años y una herencia clara: la finca cafetalera de sus abuelos en Candelaria Loxicha, una localidad de la sierra sur considerada de muy alta marginación donde alrededor del 20 por ciento de la población vive del café, aunque también cultivan cacao, plátano y guanábana. Isela decidió no repetir el esquema que conocía: sus abuelos cultivaban y vendían el grano sin procesar, a precios que no reflejaban el trabajo invertido.

«El café sí deja, pero sabiéndolo manejar, porque mis abuelos nos sacaron adelante gracias a eso. Ellos no emigraban ni nada, se dedicaban al campo», recuerda. La diferencia que ella buscó fue el valor agregado: crear su propia marca, procesar su propio producto y acceder a mejores precios. Para lograrlo, se integró a una red de mujeres productoras que le dio acceso a talleres y capacitaciones en los que aprendió técnicas de cultivo, procesamiento y comercialización.

Entre las prácticas que distinguen su producción está el trabajo agroecológico sin fertilizantes, heredado de las enseñanzas de sus mayores. Una de las técnicas es el «cajeteo»: escarbar alrededor de cada planta para que conserve la humedad del suelo de manera natural. «Todo lo que se hace es sin ningún tipo de fertilizante. Es todo natural, es una forma de cuidado del suelo», explica.


Macrina Almaraz: de dos kilos a más de 60, con segundo lugar en concurso estatal

Macrina Inés Almaraz José creció entre cafetales en San Agustín Loxicha. De niña ayudaba a sus abuelos y padres en las tareas del campo; hoy, su café es considerado de especialidad. Hace cuatro años dio el paso de vender café tostado, molido y empacado bajo su propia etiqueta. Al principio vendía dos o tres kilos. Actualmente comercializa más de 60 kilos y su producto es adquirido por diversas cafeterías.

El salto cualitativo llegó a través de los talleres. «Primero empecé con una etiqueta pequeña, con información simple en bolsas blancas, y poquito a poquito con los talleres que se fueron dando mejoré la etiqueta», narra. Fue en esos espacios donde aprendió a obtener un precio justo y a darle mayor valor a su café a través de los puntajes de catación y la diversidad de perfiles de sabor.

Su variedad Geisha le valió el segundo lugar en un concurso de calidad realizado en la capital oaxaqueña, con un puntaje de 85 puntos —umbral que en el mercado internacional define a un café como «de especialidad». En 2025 volvió a participar y quedó nuevamente entre los mejores puntajes. También produce miel y mantiene una parcela diversificada con plátano, guayaba, manzana, limón, quelite, chepil y calabacita para el autoconsumo familiar.

En San Agustín Loxicha, dice Macrina, no es costumbre que las mujeres hereden la tierra: generalmente son los hombres quienes continúan con las labores del campo porque son ellos a quienes se les deja la propiedad. Ella reconoce que su situación familiar ha sido distinta. «En mi familia, gracias a Dios, no ha pasado eso. Los hombres y las mujeres hemos tenido esa tranquilidad de trabajar cada uno por su parte. Sí hay donde les dejan el terreno a los hombres nada más, pero gracias a Dios que yo no he sufrido eso».


Tres obstáculos que el mercado no ve

En el encuentro Tejiendo alianzas por el café, las productoras nombraron con precisión las barreras que enfrentan y que rara vez aparecen en la narrativa del café de especialidad. La primera es la vulnerabilidad productiva: los fenómenos meteorológicos —huracanes, lluvias atípicas, sequías— y el cambio climático han dañado cafetales, invernaderos y suelos, reduciendo drásticamente la productividad y los ingresos familiares en temporadas enteras.

La segunda es el aislamiento comercial. El deterioro de caminos y puentes en la sierra sur interrumpe la conexión con mercados clave como Huatulco, dejando a las productoras sin canales de venta estables en los momentos en que más los necesitan. La tercera es la sobrecarga de cuidados: los desastres naturales no solo afectan los cafetales, también incrementan las tareas de rehabilitación y cuidado en el hogar, restando tiempo a las mujeres para sus actividades económicas y su participación en espacios comunitarios y de formación.

Macrina Almaraz también señala la dimensión personal de esos obstáculos: para poder capacitarse y vender fuera de su comunidad, ha tenido que ausentarse de su hogar. «Tengo el apoyo de mi familia, de mi esposo y de mi mamá. Toda la familia me apoya cuando salimos», dice. Ese apoyo, subraya, no es una condición que todas sus colegas tienen garantizada.


El café como economía del arraigo

Detrás de cada taza de café oaxaqueño de especialidad hay una decisión de no migrar. Isela Aguilar recuerda que sus abuelos nunca salieron de Candelaria Loxicha porque el café les permitió sostener a la familia. Ella reproduce esa lógica desde una versión más soberana: con marca propia, con procesos agroecológicos y con acceso a redes que le abren mercados que sus abuelos no imaginaban. Macrina Almaraz, por su parte, trabaja el campo con la misma convicción: «Vivir en el campo es tener casi todo, porque en la parcela hay plantas para consumir, frutas. La he vivido bien. Me gustó el campo y lo sigo trabajando».

Las productoras coinciden en que el café puede ser una opción económica real para sus comunidades, pero solo si va acompañado de capacitación, infraestructura, acceso a mercados y políticas públicas que reconozcan la triple carga que enfrentan las mujeres rurales: como productoras, como cuidadoras y como guardianas de saberes agroecológicos que hoy tienen nombre en el mercado internacional.