Si se continúa pensando que incrementar el presupuesto por sí solo resolverá el problema, se corre el riesgo de perpetuar el rezago. La evidencia es clara: la inversión sin resultados no construye educación de calidad.

Los recientes datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) no dejan lugar a dudas: México está reprobando en educación primaria. Los indicadores más preocupantes muestran que más de 60% de los estudiantes no alcanza el nivel esperado en comprensión lectora y que siete de cada 10 escuelas carecen de internet y de computadoras suficientes. Mientras países como Chile, Uruguay o Costa Rica conectan prácticamente todas sus escuelas, México parece quedarse atrás, atrapado en un rezago que afecta directamente el futuro de millones de niños.
Y aquí surge la paradoja: la inversión en educación sigue aumentando. En el ejercicio 2026 los recursos destinados al sector educativo son mayores que el año pasado. Sin embargo, aunque la cantidad crece, no está alineada con estándares internacionales y los resultados siguen sin reflejar mejoras reales en el aprendizaje ni en las oportunidades. Los números no mienten: más dinero no ha significado mejor educación.
Esta situación se agrava con decisiones que parecen relajar la prioridad educativa: la posible eliminación de materias fundamentales, los recortes presupuestales y propuestas como que la cédula profesional deje de ser obligatoria como documento de identificación. Son señales que apuntan a una disminución en los estándares y a un debilitamiento de los incentivos para estudiar y formarse, justo cuando el entorno global exige mayores competencias, especialmente digitales.
Es momento de actuar con claridad: asegurar que las becas cumplan su propósito, garantizar conectividad y herramientas tecnológicas en todas las escuelas, fortalecer la capacitación docente, mantener estándares educativos y reforzar la lectura y la comprensión desde los primeros años. México necesita una estrategia integral y sostenida que coloque la educación en el centro de la agenda nacional.
Si se continúa pensando que incrementar el presupuesto por sí solo resolverá el problema, se corre el riesgo de perpetuar el rezago. La evidencia es clara: la inversión sin resultados no construye educación de calidad. México no puede permitirse retroceder ni abandonar a sus estudiantes. Hoy, más que nunca, se requiere voluntad política, visión de largo plazo y un compromiso real con el futuro de las nuevas generaciones.