
Oaxaca, Oax. 15 de septiembre de 2025. — La ceremonia del Grito de Independencia, que cada año se repite en plazas públicas de todo el país la noche del 15 de septiembre, es uno de los rituales cívicos más arraigados en la identidad mexicana. Sin embargo, su recreación no proviene directamente de 1810, sino que comenzó a consolidarse varias décadas después, como una forma de honrar la memoria insurgente y, al mismo tiempo, fortalecer la legitimidad del poder político.
Los primeros festejos patrios
La primera conmemoración oficial del inicio de la lucha independentista se llevó a cabo en 1825, cuando Guadalupe Victoria, primer presidente de México, decretó el 16 de septiembre como fiesta nacional. Aquella celebración se limitó a actos solemnes: misas, discursos, desfiles cívicos y repiques de campanas. La intención era mantener vivo el recuerdo del levantamiento encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla en Dolores, Guanajuato, la madrugada del 16 de septiembre de 1810.
El Porfiriato y la creación del ritual
El ritual del grito desde un balcón, acompañado de vivas a los héroes de la patria y el tañido de una campana, es una práctica que nació en el Porfiriato. A finales del siglo XIX, Porfirio Díaz impulsó la teatralización del inicio de la independencia para darle al país un símbolo unitario, que pudiera repetirse en todas las plazas y al mismo tiempo reforzara el poder presidencial.
En 1896, Díaz ordenó el traslado de la campana de Dolores al Palacio Nacional. Desde entonces, cada presidente toca la campana y recrea el llamado libertario, no exactamente como lo hizo Hidalgo, sino como un acto cívico y político cargado de simbolismo. La tradición se extendió pronto a gobernadores, presidentes municipales y autoridades comunitarias, hasta convertirse en un ritual nacional que se replica en cada rincón de México.
Identidad, memoria y fiesta popular
El Grito de Independencia es hoy una ceremonia que combina solemnidad y celebración. En el discurso oficial, se recuerda a los principales héroes insurgentes: Hidalgo, Morelos, Allende, Josefa Ortiz de Domínguez y otros. Pero alrededor del acto se despliega también la fiesta popular con música, cohetes, antojitos y bailes, lo que lo convierte en un evento profundamente comunitario.
Más allá de su origen político, el Grito se transformó en un símbolo de unidad nacional. Cada año, millones de mexicanos dentro y fuera del país evocan, en voz de las autoridades locales, un mismo llamado: la defensa de la libertad y la independencia.
Entre la historia y el presente
A 215 años del inicio de la lucha insurgente, la ceremonia del Grito continúa reinventándose. En algunas comunidades indígenas, se mezclan elementos de la memoria local y las tradiciones propias; en las grandes ciudades, el evento reúne a multitudes que encuentran en la celebración un espacio de identidad compartida.
Lejos de ser un mero acto protocolario, el Grito se convirtió en una expresión cultural viva, que recuerda a los héroes de la patria, legitima a las autoridades en turno y ofrece al pueblo una noche de encuentro colectivo en torno a la historia nacional.