
Lo que pocos saben es que el famoso Día del Padre no nació en México, ni mucho menos por iniciativa oficial. Fue idea de una mujer llamada Sonora Smart Dodd, una joven que en 1910, al ver que solo se celebraba a las madres, decidió rendir homenaje a su propio padre: Henry Jackson Smart, un veterano de guerra, viudo y con seis hijos a cuestas. El tipo era todo un personaje: trabajador, respetado y querido en su comunidad, al grado de que su hija quiso dedicarle un día completo. Así nació la primera celebración del Día del Padre en Spokane, Washington, el 19 de junio de 1910.
La idea pegó fuerte. Tanto, que en 1924 el presidente Calvin Coolidge le dio su visto bueno, y en 1966 Lyndon B. Johnson proclamó el tercer domingo de junio como fecha oficial. Para 1972, Richard Nixon terminó de rematar el asunto y lo hizo celebración nacional en EE. UU.
Pero aquí viene la parte curiosa y un poco traviesa: México se trepó al tren varias décadas después, sin demasiado pudor. A finales de los años cincuenta, las escuelas mexicanas empezaron a hacer festivales y convivencias para los papás, copiando el modelo gringo. Y en 1959, Carmelita Tostado, una periodista de Torreón, promovió la celebración desde la Cámara de Comercio en honor a su propio padre, Don Pedro Tostado Ontiveros, un famoso telegrafista de la región.
Durante el sexenio de Luis Echeverría Álvarez (1970–1976), el Día del Padre se hizo popular en todo el país, aunque —muy al estilo mexicano— jamás se volvió feriado oficial. Desde entonces se celebra el tercer domingo de junio, con regalos de último minuto, carnitas asadas y festivales escolares donde los papás fingen que bailan.
Hoy, aunque no tiene el mismo peso que el Día de las Madres, el 50 % de las familias mexicanas lo conmemoran. Un día que empezó como un homenaje de amor filial en EE. UU. y que México hizo suyo con toda desfachatez y picardía.