Sonríen y platican de sus gustos, familia, trabajo, pasatiempos y hasta de sus preferencias sexuales. Natalia y Zharelly se identifican y están orgullosas de ser “nguiu´”, como se les llama en esta tierra zapoteca a las mujeres lesbianas.
El término muxe es el más conocido en diversas partes del mundo y es el más usado por la lengua diidxazá-zapoteco para nombrar la diversidad sexual. Pero esta misma lengua nombra como “nguiu´” a las mujeres lesbianas, y a las personas homosexuales, transgénero, gays y transexuales les llama como “muxe gunna o muxe nguiu’”.
Con su huipil que la distingue como mujer zapoteca, Zharelly de 32 años de edad, es coordinadora de programas sociales de Mexfam Ixtaltepec. También es integrante de la Red de Mujeres lesbianas y Sexodisidentes del Istmo de Tehuantepec.
Reconocerse y aceptarse como nguiu´ es una forma de resistir y luchar por una sociedad más incluyente, afirma. Ella opina que fue más fácil para ella “salir del closet”, o como lo dicen ellas: “salir del baúl” en su edad adulta. Ello porque tenía herramientas y conocimiento de sus derechos, situaciones que le facilitaron este proceso.
Aunque desde su juventud se identificaba como bisexual, fue hasta hace tres años que expresó su diversidad sexual y lo consolidó cuando conoció a Natalia de 30 años de edad.
Desde entonces mantienen una relación amorosa con base el respeto y la diversidad.
“Nos encontramos y seguimos caminando juntas. Debido a que ambas somos activistas, el camino ha sido relativamente fácil con nuestras familias, quienes nos aman y apoyan nuestra relación”, explica Zharelly.
Ambas son ejemplo de romper los estigmas y lo mejor es no romanizar su amor, pues lo que añoran es encontrarse y juntas aliarse para seguir impulsando una sociedad crítica con mucho orgullo en su sexualidad. Zharelly es bióloga y Natalia socióloga. Coinciden en que gracias a la Red de Mujeres Lesbianas que ellas y sus compañeras Aurora, Luz, Tania, Diana y Vicky fundaron, son más las mujeres de la diversidad sexual que se atreven a buscar apoyo en estos espacios colectivos. Además, reconocen que están juntas para afrontar diversas situaciones.
La difícil aceptación familiar
De pelo negro y lacio, Natalia retrocedió el tiempo y narró cómo su sexualidad fue estigmatizada y señalada dentro de su propia familia, pues ni su padre ni su madre aceptaban su orientación sexual. Natalia creyó que por los antecedentes familiares, el de tener tías lesbianas, sería más fácil la aceptación. Pero no; al contrario, su padre fue el que más se opuso, pero años más tarde lograron conciliarse. “En la primaria tuve muchos señalamientos, porque desde pequeña fui una niña diferente.
“Me gustaba de hacer cosas que socialmente no se permitían a las niñas o eran consideradas como de niños, incluso se me señalaba de vestir como niño, yo solo quería estar cómoda.
“Me decían machorra, marimacha, nguiu’ y eso me ponía triste porque no comprendía que era lo que estaba mal conmigo.
“Fue duro afrontarlo, pero adquirí la fortaleza para sobrellevarlo, y acá estoy ejerciendo mi sexualidad en plenitud”, explica. Fueron días de hacer conciencia, lágrimas y sufrir, expone la joven activista.
Hoy, reconoce que todo eso ha quedado atrás, pues su madre, hermana y sobrinos aceptan su relación afectiva con Zharelly, reafirmando que tiene el derecho a una sexualidad libre y plena.
Para Natalia, concientizar es el punto medular que desea afrontar, pues así como muchas mujeres lesbianas sufren el poder ejercer libremente su sexualidad, lo mismo ocurre con otras personas de la diversidad sexual.
Somos orgullosas: Las redes salvan y el derecho a la libre expresión
Orgullosas de su identidad y de ser mujeres sexodisidentes que hoy en día viven con total libertad, Zharelly y Natalia reconocen que en las escuelas todavía no se valida el derecho a la expresión, se violenta, pues no las dejan ir con el cabello corto o bien con pantalón y no con falda.
Dijeron que algunos espacios educativos todavía están preocupados por la opinión social y eso hace que muchas mujeres lesbianas todavía oculten su sexualidad o les dé pena expresar su sentir. “No todas tienen ese privilegio”, refiere Zharelly de cabello ondulado y agradable sonrisa, quien explica que para ella no fue difícil involucrarse como mujer lesbiana en su familia, pues decidió ejercer su sexualidad ya en una edad adulta.
Dijo que la falta de aceptación, ocasiona que muchas mujeres lesbianas vivan su sexualidad en la clandestinidad, por eso es la creación de la Red de Mujeres Lesbianas, para que se sientan acompañadas y que juntas puedan afrontar su libre sexualidad.
Agregó que con mucho orgullo aceptan esta dualidad que reafirma la identidad tradicional.
“La palabra Nguiu tiene memoria histórica, lo ancestral, y para mi representa un orgullo, una forma de vida.
“Es recordar que tenemos cultura, y por supuesto nos une también que es importante visibilizar, porque sí existe la posibilidad de vivir, de ser diferente”, señaló.
Natalia reconoce que es importante aceptarse y afrontarse, el reconocerse. La expresión es un camino, es una búsqueda, es un proceso y por eso creó la red, para que sus integrantes se sientan acompañadas, escuchadas y se reivindiquen tal y como son. “Vienen cambios en nuestro territorio, cambios políticos que quizá requieren de mayor fuerza.
“Para eso también nosotras como Red de Mujeres Lesbianas y sexodisidentes requerimos estar unidas, defender lo nuestro y seguir.
“No queda más que fortalecer y ayudarnos, de eso se trata, ser visibles y sentirnos orgullosas de lo que somos, no hay más”, puntualiza.
El derecho a la salud, una deuda pendiente para las mujeres de la diversidad sexual
Respecto a la salud y su derecho como mexicanas, las mujeres de la diversidad sexual reconocen que hace falta demasiado para ser más visibles su derecho. Un estudio de Mexfam confirma que 7 de cada 10 mujeres, a veces o nunca expresan sus dudas por miedo a las relaciones del personal de salud relacionadas con la discriminación, de manera directa o indirecta.
Y ese mismo número son las mujeres lesbianas que carecen de acceso a los servicios de salud, por no tener un empleo remunerado o con acceso a seguridad social. También dijeron que una de cada 3 mujeres nunca había usado un método de protección durante sus relaciones sexuales, y ese mismo número tenía más de dos años de haberse realizado alguna prueba de Enfermedad de Transmisión Sexual. Al igual, arrojó que una de cada cuatro mujeres tenía dos años de no acudir alguna consulta ginecológica o concluido más de dos años o nunca.
Y respecto a estudios de papanicolau y mastografía, 1 de cada 4 nunca se ha practicado un solo estudio. Al respecto, Zharely y Natalia confirman que ser una mujer de la diversidad sexual es vivir en un mundo invisibilizado.
Afirman que la inclusión todavía es una idea y, por el contrario, la discriminación es la que está al tope.